4.8.07

Decadencia
Hoy he querido acercarme al Lugo vivo, al Lugo del que escapé -huyendo tal vez de mí mismo- hace seis años. He ido a la plaza de España, y la he visto muerta; y un viejecito, ajado y digno, se ha acercado a mí con paso cansino y, con su voz sabia y antigua, me ha pedido algo para un bocadillo, a mí, con mi pelo al uno y mi barba -descuidada barba- de seis días; a mí, con esas pintas de maneja-lumis recién salido del trullo que tengo; y he sentido pena.
Y he seguido, y dos treceañeras con aspecto de mujeres fatal me han sonreído lascivamente, y han examinado de arriba abajo mis dudosamente atractivos ochenta kilos con los mismos ojos -supongo- con los que cada noche miran el poster de Bon Jovi mientras unos temblorosos y cada vez más expertos dedos descubren las virtudes y defectos del autoerotismo práctico; y he sentido vergüenza.
Pero he continuado, y he visto a los hippies en sus puestos, que ya no son hippies y usan liberto y despiden un intenso aroma a chanel, y ya no venden mi añorada quincalla, sino que realizan transacciones con artesanía popular de culturas afroamericanas; y he sentido miedo.
A pesar de ello he continuado, y he descubierto la calle de los vinos muerta, sola, fría, con sus soportales apuntalados y marchitos, con ejecutivos dándole al ginger-ale sin tapa, con el limpiabotas doblado bajo el peso de la secular niebla, sin un mal pie que llevarse a la boca; y he sentido asco.
Aún así, he "tirao p´alante", y he visto la decrépita muralla combarse bajo el peso de la ruina y la dejadez, carcomida por los siglos, derrumbándose cual reflejo de la sociedad, y en ella, colgando de bamboleantes escaleras, cuatro o cindo obreros arrancaban las hierbas que le sirven como último bastión de su resistencia a la gravedad; y he sentido pánico.
Y vencido y asustado, he salido corriendo hasta el coche, ese símbolo de la opulencia que hasta yo mismo me premito, y ya dentro, con el corazón a mil, he encendido un winston de batea, he conectado a los Burning, y a ritmo de Esto es un atraco nena, he pisado a fondo, y he volado a cientotreinta por la ronda, como intentando huir sin conseguirlo de este decadente Lugo navideño de fin de siglo.
Publicado en El Progreso el domingo 25 de diciembre de 1994