17.11.07

De piratas, filibusteros, corsarios y bucaneros.

Cuento

Érase una vez que se era una abeja experta que se llamaba Sut; llevaba horas de vuelo, de hecho llevaba más horas de vuelo que todos los pilotos de Iberia juntos; con buen tiempo, con condiciones climatológicas adversas... hacia el norte, hacia el sur... alegremente, deprimido... Era en fin una abeja en el esplendor de su madurez, inteligente, culta, leída, viajada y más o menos feliz (todo lo feliz que se puede ser siendo inteligente)

Sut había polinizado millones de flores, rojas, amarillas, altas, bajas, olorosas, inodoras, en todas ellas había encontrado polen que libar, en unas más, en otras menos; a algunas había vuelto varias veces, con otras había mantenido una relación de intercambio continuo durante períodos de tiempo, pero ninguna le había hecho olvidar a las demás, ninguna le había hecho volver con necesidad, ninguna le había abocado a abandonar su panal. Sut tenía claro su filosofía de vida, no atarse, no dejarse embelesar, vivir libre y salvaje; creía en su filosofía, y la predicaba allá por donde iba.

Sut vió un día un recién brotado diente de león; Yet, que así se llamaba, estaba despertando aquel amanecer por primera vez, Sut quedó embobado por la belleza de Yet, jamás había contemplado un diente de león tan perfecto... ¡Qué caramba! Jamás había contemplado ninguna flor como aquella... radiante, hermosa... esbelta... perfecta.

Sut volvió cada día a visitar a Yet, y poco a poco fue descubriendo que la belleza interior de Yet era muchísimo mayor que la exterior, Yet aprendía todos los días lo que Sut le enseñaba, ansiaba aprender de él, le pedía más y más y nuestra pequeña abeja pronto quedó enganchado del joven diente de león, abandonó todo aquello que no fuera Yet, vivía por y para él. Dejó el enjambre, no libó ni polinizó ninguna otra flor. Sut y Yet se bastaban el uno al otro, eran perfectos en si mismos y no necesitaban de nada más. Sut enseñaba y protegía a Yet y el pequeño diente de león no necesitaba nada más que las enseñanzas de su abeja mentor.

Un día, nuestro pequeño diente de león, maduró del todo, había aprendido todo lo que podía aprender de Sut, y percibió que Sut había abandonado la filosofía de su vida a pesar de lo cual se la había enseñado, así que con lágrimas en los ojos, con el corazón desgarrado por el dolor, miró a la pequeña abeja y le dijo adios:
-Lo coherente, según me enseñaste, es que me marche. Y tu me has enseñado a ser coherente.

El pequeño diente de león voló, más alto y más lejos de lo que jamás había ni siquiera soñado la triste abeja... Yet marchó cabalgando en el viento, en busca de los sueños que Sut le había enseñado, en busca de ser uno mismo...

Sut comprendió que se había traicionado a si mismo, pero aún así había enseñado bien al pequeño diente de león, y mientras moría desecho de dolor, miraba al cielo orgulloso, sabiendo que el pequeño Yet era un fruto suyo.



Viernes 17 de noviembre 2007
17:30
Suena: Besaré el suelo -Luz casal-