ALEA JACTA EST
Charlaba amigablemente el otro día a la hora del café matutino con unas compañeras –en efecto lo habéis adivinado procuro buscar siempre la compañía femenina, para ver tios feos me llega el espejo- cuando me preguntaron que tipo de mujer me gustaba. Es ese tipo de pregunta tan normal en las mujeres, que aunque les parezcas el tipo más desagradable del mundo siempre buscarán el halago; cosas de la autoestima femenina, que tan a menudo debe ser regalada para que no se venga abajo (sin embargo los tíos por feos, gordos y calvos que estemos, nos mira una mujer –aún con cara de asco- y ya pensamos que la tenemos en el bote; nuestra autoestima viaja en globo) Así que armándome de paciencia pasé a describir los dos tipos de mujer que me han gustado siempre, las explosivas y las niñas dulces de mirada triste.
Algunos me conocéis bien y sabéis de que hablo, pero como esto puede llegar a sabe dios que manos y ojos, procuraré explayarme. Las mujeres explosivas son esas de rompe y rasga, las que visten de amazona agresiva, las que piden guerra por su aspecto (aunque en el fondo ni ellas mismas se den cuenta) son esas mujeres de silueta marcada, de mirada felina, esas que las ves y tu líbido se dispara, tu mente asciende inmediatamente 300º farenheit, tu adrenalina se desboca, tu musculatura se tensa, la barriga se encoge, el pecho sobresale, la respiración se hace más y más intensa…. Coño, son las que te ponen el decker (si, decker, de black and decker) mas tieso que la mojama. Son esas mujeres capaces de hacerte batir records mundiales de resistencia, son las que te pueden hacer aullar y a la vez tener ganas de insultarlas a voz en grito, son las mujeres de fuego de Sabina. Son mujeres que todo el mundo desea y a las que uno después de dejarlas al amanecer le apetecería contarlo y cantarlo a los 4 vientos, pero la maldita educación que le impusieron de pequeño (-Hijo, a las mujeres se las respeta siempre, SIEMPRE) hace que te muerdas la lengua sin decir nada. Son mujeres de una noche, si acaso en un acto de suprema bondad –o de bestial necesidad- se puede repetir cita, pero nunca, nunca amiguetes, se les da el número de teléfono ni la dirección, ni se les dicen los apellidos o la profesión.
El segundo tipo de mujeres es el peligroso, pueden tener el físico tan espectacular como las anteriores o ser un poco más menudas, pero en cualquier caso, nunca, nunca, dan el aspecto de femme fatale. Su comportamiento, su expresión corporal, su voz impide que se las vea así… Esas son las peligrosas, son las niñas dulces de mirada triste, esas con ojos cuya luz deseas te ilumine, esas con mirada que siembra dudas, esas cuyas pupilas provocan insomnio, esas cuyas redes están en su triste y empalagosa mirada. Son esas niñas melosas, tímidas, incluso calladas, esas “mosquitas muertas” que te clavan los ojos y no apartan la mirada de la tuya, esas que tan atentas están cuando hablas, esas que te hacen temblar las rodillas porque sabes que eres una pieza y estás siendo cazado sin remisión. Son esas niñas que te hacen preguntas ingenuas cargadas de dobles, triples, y sabe dios cuantas más, intenciones. Son las que lanzan el arpón sin importarles lo que sufra la pieza, son las que juegan contigo, como el gato con el ratón, con cara de pena antes de clavarte las uñas en la cara… Siempre, siempre me han perdido las niñas dulces de mirada triste, me han destrozado el corazón una y otra vez. Porque a ellas no las miras con deseo, todo lo contrario, quisieras guardarlas en una urna de cristal, protegerlas, mimarlas, cuidarlas, satisfacer todas sus órdenes, ser su esclavo, lamer el suelo dónde pisan, y a cambio sólo pides que te vuelvan a mirar... una vez más. Sabes que no debes y sin embargo, antes de darte cuenta, saben donde vives, lo que te gusta, tu nombre completo, tu número de teléfono, el número pin de tu tarjeta de crédito y hasta el de tu filiación a la seguridad social… A veces se encaprichan contigo una temporada, y eres el gilipollas más feliz del mundo. Otras ni siquiera te dan esa opción, simplemente juegan al pin-ball con tu ajado y maltrecho corazón. En ambos casos estás muerto, tu pasas a ser una muesca en su tacón y ellas una cicatriz en tu alma.
Todo eso les explicaba a mis compañeras a la hora del almuerzo, mientras una de ellas, una rubia de la cuarta fila, una niña dulce de mirada triste, clavaba en mi su mirada… Al regreso al puesto de trabajo, mientras cruzabamos la pasarela, me tomó del brazo, sentí el tacto de sus dedos y supe, sin duda, que una vez más estaba perdido.
Cambio mis arrugas por tu acné.
Sábado 24 de Mayo 2008
19:38
Suena: Rubia de la cuarta fila -Joaquín Sabina-