7.2.09

De piratas, filibusteros, corsarios y bucaneros.

FACTÓTUM

Cuenta la leyenda, que la avaricia llevó al rey Midas a desear convertir en oro todo lo que le rodeaba, los dioses –Dioniso según la mitología griega, para agradecerle su hospitalidad con Sileno- que desde que el mundo es mundo han sido unos tocahuevos de la ostia, le concedieron el don de convertir en oro todo aquello que tocase. Encantado con su don, Midas fue convirtiendo a su paso todo en oro, árboles, flores, perros... pero al intentar alimentarse, los víveres también se volvían de oro. Así Midas suplicó ser liberado de su don, para lo cual hubo de sumergirse en las aguas del río Pactolo.

A que coño viene esto os estaréis preguntando, pues es sencillo, todos los mitos y leyendas poseen su parte de verdad y su parte de exageración, pero al igual que las fábulas de todos ellos se puede extraer siempre una enseñanza y la enseñanza de hoy queridos –y sobre todo queridas mías- es que no todo lo que a priori es un don es bueno, al igual que no todo lo que en un principio se ve como desgracia ha por fuerza en convertirse en algo malo.

Yo, como todos los humanos (digo humanos, en esa categoría no incluir ni terroristas, ni políticos, ni abogados, ni gentuza de calaña similar) poseo mis virtudes y mis defectos –sí, lo se, parezco perfecto pero de veras, tengo algunos defectos, de hecho recuerdo que hace mucho tiempo cuando era joven e impulsivo, una vez, casi cometo un error- y como todo ser nacido dentro de la especie tengo un don, todos nacemos con un don y ese don suele ser nuestro mayor aliado y nuestro peor enemigo, es el que nos dará las mayores satisfacciones y los más grandes desencantos, nos permitirá gozar de enormes alegrías y sufrir descomunales fracasos. Muchas personas viven largas vidas sin descubrir su don, otras lo descubren y consiguen la felicidad a través de él, las menos percibimos desde pequeños en que consiste nuestro don, sabemos que lo usaremos muy a nuestro pesar y conocemos de las desastrosas consecuencias que se derivarán de ello.

Es cómo un previsible final infeliz, impropio de película americana, sabes lo que ocurrirá, a ciencia cierta y sin embargo, tal cual el destino estuviese escrito, caminas irremisiblimente hacia tu perdición, hacia tu desventurado final, sin poder evitar el descabellado y archiconocido daño colateral que sufrirás en el uso del don concedido. Y así, cual un hijo de dios menor, cual un Jesucristo del tres al cuarto, te encaminas con tu cruz a cuestas hacia tu monte calvario.

Llevo tantos años con la misma historia, con el mismo afán, con los mismos usos y abusos, siempre adelante con la frente alta, la lengua larga y la manga corta. Siempre altivo, derribando los muros a cabezazos por no querer rodearlos, con el mismo maldito orgullo que me da la vida y me la quita, con los mismos resultados a los mismos y reiterativos sucesos, con la gente alrededor cogiéndote la mano aunque tu estarías dispuesto a dar el brazo entero, solucionando, resolviendo, aconsejando -maldito quijotismo barato, maldito afán de caballero andante- resonando en mi cabeza: “No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente”(1) con la temeridad de llevar siempre el cuerpo por delante, sin querer solucionar mis propios ínfimos problemas…

No os preocupéis por mi, no merezco la pena, de hecho nunca la he merecido, soy solo fachada, la gente que me quiere, la poca que me quiere, me quiere mucho, pero acaba aprendiendo a vivir lejos de mi, porque vivir a mi lado es un suicidio. Soy un ídolo con pies de barro, y como Jesús (segunda referencia bíblica, menos mal que mi padre es cartero y no una paloma blanca) soy incapaz de salvarme a mi mismo. Por eso jamás podré pagar el amor que los que me quieren, me dan y me han dado tanto, jamás. Sólo puedo decir gracias.

Sólo soy un perro callejero, un macarra de barrio, un chico de la calle, apenas un gamberro de billares venido a más por circunstancias del destino, y todo por el don. Él me dio lo que soy y él me llevará a morir en un callejón lleno de desperdicios, entre ratas y contenedores, solo, tal y como nací, solo, tal y como estoy viviendo, solo, tal y como moriré. Por eso si alguien encuentra mi Pactolo, que me avise.
(1) Gracias Arturo, por esta frase.

Sábado 7 de febrero 2009
21:00
Suena: “Soy un perro callejero” –Los chunguitos-