Semper fidelis
Hola amor mío, mi vida, aunque ya no se si tengo derecho a llamarte así, ya no se si quieres que lo siga haciendo... Acabo de llegar, ayer me marché, como si me hubieras echado de nuestra casa, de tu vida, cogí el coche y vagué sin rumbo siguiendo a la luna, esa luna que me llama y me dice que las noches de desesperación y desconsuelo ella me acogerá en su seno.
Pero todo agota, y las lágrimas, el llanto, es traicionero para el alma, porque descarga y conmociona, así que desvié mi rumbo sin sentido y paré en una playa cualquiera, no me preguntes dónde, no me preguntes cómo, aunque quisiera no podría recordarla, quizá no existiera siquiera. Bajé y anduve por la arena, dejé a mis pies descalzos sentir su frío tacto, sus granos meterse entre mis dedos, cosquilleando... Me acerqué al mar, queriendo odiarlo, pues pronto te llevará de mi lado, lejos, muy lejos, allá dónde el sol sonríe eterno, allá dónde el mar es cálido y transparente, allá dónde todo se convierte... Pero no pude, al contrario, le agradecí que te lleve, porque ganarás el ser libre, el ser tu de nuevo, el recobrar la vida y la esperanza, el abrir la puerta de la felicidad por si quiere entrar una vez más, el conseguir librarte de recuerdos decepcionantes, de experiencias horrendas, el buscar cicatrizante para el daño que te han hecho, sentirte dichosa en tu hacienda.
Escribí tu nombre en la orilla, en letras grandes, para que el cielo pueda contemplarlas, para que Dios se aprenda de memoria tu nombre y sepa que eres mi consentida, mi protegida, mi amante, mi ángel... Porque para ti soy ateo, pero para Dios soy la fiel oposición, y tal vez en su omnipotencia y grandeza me pierda como un átomo de nada, pero si existe, cada alma perdida le supondrá un desgarro en su omnipresente presencia, y la mía, a mi orgullo pongo por testigo, que si no te presta ayuda será la más lacerante de todas sus cicatrices.
Llegó la marea y se llevó tu nombre, a su destino, allí quedaron los restos de mi naufragio en las procelosas aguas de tu amor y tu cariño, mis pies desnudos y sucios, esperando, suplicando, implorando tu mirada, como el perro que arrepentido, solicita una caricia que restaure la fe de su amo en él, esa caricia que repara su conciencia y borra su dolor...
Comprendí de repente que todo estaba hecho, que el destino lo decidía mi diosa, mi princesa, mi bailarina, y en sus manos pusé la decisión, como siempre, confiando en su certeza, esperando su compasión, descartando la pereza de dormirme en su colchón, rezando tras la senda que me lleve a su canción, esa canción que compondré cuando decidas que hacer con mi alma y con mi vida, porque te vas y contigo se va mi corazón resquebrajado, mi alma perdida, te los llevas porque te pertenecen, porque te los has ganado, porque yo no los quiero si no es para estar contigo, ámalos o matalos, esa es tu cruel misión, decidir su paradero, si los amas pide mi presencia, si los matas... Entiérralos en Varadero...
Así que me marché, abandoné aquella playa, como alma que el diablo lleva, y al mirar atrás por el retrovisor, no vi restos de ella, sólo negra oscuridad, y un rumor que sobrecogió todo mi ser, el rumor de haberte perdido, de que no me ames, de que me eches de tu vida como a la mala suerte, como a un mal sueño, como al perro callejero que lleno de parásitos y muerto de hambre suplica una caricia antes de morir. Y volví a casa, a esa casa fría y sola, impersonal, aséptica, en la que hago mi vida, día a día en la fútil, vana esperanza de que tu luz entre por la puerta y la convierta en un hogar para los dos...
Hola mi vida, amor mío, aunque ya no se si derecho tengo a llamarte así, que lo siga haciendo no se si quieres… Acabo de llegar y ya estoy desesperado, muerto en vida, como si no hubiera existido, porque el cielo me abandona y me da miedo no ver Santiago, porque el miedo conmociona mis entrañas y temo nunca conocer La Habana, porque tú me faltas hace unas horas y no se si volverás a querer ocupar tu sitio en mi presencia, porque mi conciencia se destroza en una guerra civil que empezó cuando mis palabras, erradas, te hicieron alejarte, sin querer dañarte, sólo por malinterpretarme, mea culpa, sólo soy un bufón errante que no sabe cual es su sitio, o mejor sí, su sitio es a tu lado, pero la plaza es tuya y la concederás a quien mejor creas conveniente, espero que para siempre y ser el elegido, para tenerme a tu lado o irme, entre humo y metralla, contento y desnudo, irme matando canallas con mi cañon de futuro...(1)
Te amaré mi peque, porque todo el amor, hasta el último rescoldo de la llama que podía quedar en mí te lo has llevado, te lo has ganado, lo has recogido y está en tu regazo; porque te amo mi peque, desde antes, desde siempre... ¿Siempre? ¡Siempre! Tuyo eternamente, en la vida y en la muerte.
Tu comandante.
(1) Canción del elegido –Silvio Rodríguez-
Domingo 29 de marzo 2009
Hola amor mío, mi vida, aunque ya no se si tengo derecho a llamarte así, ya no se si quieres que lo siga haciendo... Acabo de llegar, ayer me marché, como si me hubieras echado de nuestra casa, de tu vida, cogí el coche y vagué sin rumbo siguiendo a la luna, esa luna que me llama y me dice que las noches de desesperación y desconsuelo ella me acogerá en su seno.
Pero todo agota, y las lágrimas, el llanto, es traicionero para el alma, porque descarga y conmociona, así que desvié mi rumbo sin sentido y paré en una playa cualquiera, no me preguntes dónde, no me preguntes cómo, aunque quisiera no podría recordarla, quizá no existiera siquiera. Bajé y anduve por la arena, dejé a mis pies descalzos sentir su frío tacto, sus granos meterse entre mis dedos, cosquilleando... Me acerqué al mar, queriendo odiarlo, pues pronto te llevará de mi lado, lejos, muy lejos, allá dónde el sol sonríe eterno, allá dónde el mar es cálido y transparente, allá dónde todo se convierte... Pero no pude, al contrario, le agradecí que te lleve, porque ganarás el ser libre, el ser tu de nuevo, el recobrar la vida y la esperanza, el abrir la puerta de la felicidad por si quiere entrar una vez más, el conseguir librarte de recuerdos decepcionantes, de experiencias horrendas, el buscar cicatrizante para el daño que te han hecho, sentirte dichosa en tu hacienda.
Escribí tu nombre en la orilla, en letras grandes, para que el cielo pueda contemplarlas, para que Dios se aprenda de memoria tu nombre y sepa que eres mi consentida, mi protegida, mi amante, mi ángel... Porque para ti soy ateo, pero para Dios soy la fiel oposición, y tal vez en su omnipotencia y grandeza me pierda como un átomo de nada, pero si existe, cada alma perdida le supondrá un desgarro en su omnipresente presencia, y la mía, a mi orgullo pongo por testigo, que si no te presta ayuda será la más lacerante de todas sus cicatrices.
Llegó la marea y se llevó tu nombre, a su destino, allí quedaron los restos de mi naufragio en las procelosas aguas de tu amor y tu cariño, mis pies desnudos y sucios, esperando, suplicando, implorando tu mirada, como el perro que arrepentido, solicita una caricia que restaure la fe de su amo en él, esa caricia que repara su conciencia y borra su dolor...
Comprendí de repente que todo estaba hecho, que el destino lo decidía mi diosa, mi princesa, mi bailarina, y en sus manos pusé la decisión, como siempre, confiando en su certeza, esperando su compasión, descartando la pereza de dormirme en su colchón, rezando tras la senda que me lleve a su canción, esa canción que compondré cuando decidas que hacer con mi alma y con mi vida, porque te vas y contigo se va mi corazón resquebrajado, mi alma perdida, te los llevas porque te pertenecen, porque te los has ganado, porque yo no los quiero si no es para estar contigo, ámalos o matalos, esa es tu cruel misión, decidir su paradero, si los amas pide mi presencia, si los matas... Entiérralos en Varadero...
Así que me marché, abandoné aquella playa, como alma que el diablo lleva, y al mirar atrás por el retrovisor, no vi restos de ella, sólo negra oscuridad, y un rumor que sobrecogió todo mi ser, el rumor de haberte perdido, de que no me ames, de que me eches de tu vida como a la mala suerte, como a un mal sueño, como al perro callejero que lleno de parásitos y muerto de hambre suplica una caricia antes de morir. Y volví a casa, a esa casa fría y sola, impersonal, aséptica, en la que hago mi vida, día a día en la fútil, vana esperanza de que tu luz entre por la puerta y la convierta en un hogar para los dos...
Hola mi vida, amor mío, aunque ya no se si derecho tengo a llamarte así, que lo siga haciendo no se si quieres… Acabo de llegar y ya estoy desesperado, muerto en vida, como si no hubiera existido, porque el cielo me abandona y me da miedo no ver Santiago, porque el miedo conmociona mis entrañas y temo nunca conocer La Habana, porque tú me faltas hace unas horas y no se si volverás a querer ocupar tu sitio en mi presencia, porque mi conciencia se destroza en una guerra civil que empezó cuando mis palabras, erradas, te hicieron alejarte, sin querer dañarte, sólo por malinterpretarme, mea culpa, sólo soy un bufón errante que no sabe cual es su sitio, o mejor sí, su sitio es a tu lado, pero la plaza es tuya y la concederás a quien mejor creas conveniente, espero que para siempre y ser el elegido, para tenerme a tu lado o irme, entre humo y metralla, contento y desnudo, irme matando canallas con mi cañon de futuro...(1)
Te amaré mi peque, porque todo el amor, hasta el último rescoldo de la llama que podía quedar en mí te lo has llevado, te lo has ganado, lo has recogido y está en tu regazo; porque te amo mi peque, desde antes, desde siempre... ¿Siempre? ¡Siempre! Tuyo eternamente, en la vida y en la muerte.
Tu comandante.
(1) Canción del elegido –Silvio Rodríguez-
Domingo 29 de marzo 2009
13:15
Suena: "Ya ves" –Ismael Serrano-
Suena: "Ya ves" –Ismael Serrano-